
¿Dónde termina el personaje?
Un camino entre lo que creemos ser y lo que permanece cuando quitamos las capas.
Muchas veces me preguntan:
“Karen, ¿a qué te dedicas?”
Y curiosamente, es una de las preguntas que más me cuesta responder.
Sé que he estudiado, que he aprendido y que he tenido la fortuna de encontrar personas que han sido verdaderos ángeles en mi vida. También he aprendido a escuchar esas voces que reconozco como mis guías, a prestar atención a mi intuición y a observar un poco más lo que ocurre dentro de mí.
Pero mientras más camino, más comprendo algo: nada de eso me hace más sabia ni conocedora de la verdad.
Al contrario. Cuanto más aprendo, más consciente soy de todo lo que desconozco. Y entonces regreso una y otra vez a aquella frase atribuida a Sócrates:
“Solo sé que no sé nada.”
Hoy la entiendo distinto. No como una renuncia al conocimiento, sino como una forma de humildad: aceptar que siempre existe algo más por descubrir, comprender o recordar.
No puedo decirte que he sanado, porque sigo sanando.
No puedo decirte que ya sé quién soy, porque todavía me estoy descubriendo.
Solo puedo decir que de mis heridas aprendo. Que he mejorado, que algunas cosas las he transformado y que otras todavía siguen enseñándome. Mucho de lo que hoy comparto con otras personas nació precisamente de ahí: de mis heridas, mis preguntas, mis búsquedas, mis caídas y los momentos en los que tuve que volver a empezar.
Quizá por eso también me cuesta responder qué hago.
Muchas veces me han dicho:
“Tienes que dedicarte a una sola cosa, máximo a tres, porque si haces demasiado la gente no va a entender a qué te dedicas.”
Y lo comprendo.
Vivimos en un mundo que necesita nombres, títulos y categorías para ubicarnos. Pero hay una parte de mí que nunca ha logrado sentirse completamente cómoda dentro de una sola etiqueta.
Tengo la firme convicción de que nada tiene que ser para siempre. Podemos aprender algo profundamente, vivirlo, integrarlo y luego permitirnos explorar otra cosa.
Podemos cambiar, volver a empezar y sentir curiosidad por distintas áreas sin que eso signifique estar perdidos.
Durante siglos han existido personas cuya curiosidad no cabía en una sola disciplina.
Leonardo da Vinci fue pintor, pero también estudió anatomía, ingeniería, mecánica y naturaleza.
Cleopatra fue reconocida, entre otras cosas, por su capacidad de comunicarse en varios idiomas.
Y cuando observo antiguas representaciones de figuras con múltiples brazos, encuentro en ellas una imagen simbólica que me gusta mucho: un mismo ser puede contener muchas capacidades, expresiones y caminos.
Tal vez el problema no sea querer aprender muchas cosas. Tal vez sea creer que tenemos que reducirnos para poder ser comprendidos.
Yo no siento que vine a convertirme en una sola versión de mí. Siento que vine a explorar, aprender, desaprender, recordar, equivocarme, transformarme y comenzar nuevamente todas las veces que sea necesario.
Y, sobre todo, a seguir expandiendo el conocimiento que ya habita dentro de nosotros.
Porque quizá aprender no siempre sea incorporar algo nuevo. A veces aprender también puede ser recordar.
Recordar una intuición.
Una sensibilidad.
Una parte de nosotros que había quedado escondida debajo de tantas capas.
Y ahí aparece otra imagen que siempre me ha parecido hermosa: las matrioshkas, esas muñecas rusas que contienen una figura dentro de otra.
Tal vez conocernos sea algo parecido.
Vamos retirando una capa y luego otra:
el nombre,
la profesión,
los títulos,
los roles,
las expectativas,
las heridas,
las creencias,
la imagen que construimos para los demás,
la persona que aprendimos que teníamos que ser.
Y seguimos quitando capas.
Hasta comprender lo pequeños y efímeros que somos.
¡Ah! Entonces nuestra grandeza deja de estar en lo externo. Ya no está en cuánto acumulamos, cuánto sabemos, cuántos títulos tenemos o cuántas personas conocen nuestro nombre.
Porque cuando ya no queda ninguna capa que retirar, aparentemente no queda nada.
Y, sin embargo, queda lo más importante:
LA ESENCIA.
Aquello que no necesita título, explicación ni demostrar nada.
Tal vez por eso aquella antigua invitación:
“Conócete a ti mismo, y conoceras el universo”
sigue teniendo tanta fuerza.
Porque quizá conocernos no consista en construir una identidad cada vez más grande, sino en retirar aquello que nos impide encontrarnos con lo esencial.
Yo todavía no sé completamente quién soy.
Sigo preguntándome de dónde vengo, dónde comenzaron mis primeras raíces y cuánto de lo que hoy creo ser pertenece realmente a mí.
Pero ya no siento tanta necesidad de tener todas las respuestas.
Tal vez el camino sea seguir observando, aprendiendo, quitando capas y permitiendo que la vida nos vaya mostrando aquello que siempre estuvo dentro.
Y al final siempre regreso a lo mismo, entendiendo un poco más aquella frase atribuida a Sócrates:
“Solo sé que no sé nada.”
Y quizá precisamente desde ese no saber comienza el verdadero camino de conocernos.
Tal vez no se trate de encontrar una respuesta definitiva a la pregunta “¿quién soy?”, sino de tener el valor de seguir haciéndonos la pregunta.
De observar cada capa que cae.
Cada identidad que deja de sostenernos.
Cada certeza que se transforma. Porque quizá conocernos no sea llegar a una versión final de nosotros mismos.
Quizá sea aprender a reconocernos una y otra vez, incluso cuando cambiamos.
Y entonces la pregunta deja de ser:
“¿Quién soy?”
y se convierte en algo todavía más profundo:
¿Dónde termina el personaje… y qué queda cuando ya no necesito sostenerlo?




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